Por Pat Toomey
Publicado el 17 de agosto de 2026
La reforma de los permisos no es solo una cuestión energética ni medioambiental. Es una cuestión de asequibilidad.
La economía es muy sencilla. En una economía de mercado, los precios los marcan la oferta y la demanda. Cuando aumenta la oferta de vivienda, energía o productos manufacturados, los precios suelen bajar. Cuando la oferta es limitada, los precios suben. Si los responsables políticos se toman en serio la reducción de los costes para las familias estadounidenses, deberían centrarse en facilitar —y no en dificultar— el aumento de la oferta.
Lo primero es arreglar el sistema de concesión de permisos de EE. UU., que no funciona bien.
En Estados Unidos no hay escasez de emprendedores dispuestos a invertir, de trabajadores con ganas de construir ni de capital listo para financiar nuevos proyectos. Pero el sistema de concesión de permisos no consigue que el Gobierno tome decisiones oportunas y predecibles.
Hoy en día, los grandes proyectos inmobiliarios, las infraestructuras energéticas e incluso las instalaciones industriales suelen pasar años lidiando con evaluaciones federales que se solapan, requisitos duplicados de las agencias y litigios interminables. El tiempo se convierte en un impuesto oculto. Cada año que un proyecto se queda en el limbo regulatorio, los costes de financiación suben, los gastos de construcción aumentan, los inversores exigen mayores rendimientos y la incertidumbre desanima las inversiones futuras. Al final, esos costes los pagáis vosotros, los consumidores, a través de alquileres más altos, precios de la vivienda más caros, facturas de servicios públicos más elevadas y productos más caros.
Gran parte de esta disfunción se debe a décadas de ampliación de los requisitos de procedimiento en el marco de la Ley Nacional de Política Medioambiental (NEPA). Promulgada en 1970, la NEPA se diseñó para garantizar una toma de decisiones medioambientales bien informada. Con el tiempo, se ha convertido en un laberinto de trámites que, con demasiada frecuencia, retrasa los proyectos sin producir mejores resultados medioambientales. Las interminables rondas de papeleo, las revisiones superpuestas de los organismos y los años de litigios se han convertido en algo habitual, incluso después de haber completado un análisis medioambiental exhaustivo.
Los retrasos que esto provoca frenan la llegada de nuevos suministros.
El gasoducto Mountain Valley es un buen ejemplo de este problema. Aunque se propuso por primera vez en 2014, el proyecto no empezó a funcionar hasta casi una década después, a pesar de las exhaustivas evaluaciones medioambientales, los procesos de consulta pública y la supervisión reguladora. Los repetidos litigios en el marco de la NEPA, la Ley de Especies en Peligro de Extinción y la Ley de Agua Limpia retrasaron la construcción y aumentaron los costes. Hizo falta una ley del Congreso para que, por fin, se completara el proyecto y se pudiera suministrar gas natural a hogares y empresas.
El sector de la vivienda se enfrenta a obstáculos similares. Tras el cierre del astillero naval de Mare Island en California en 1996, los urbanistas imaginaron una comunidad dinámica de uso mixto con miles de viviendas nuevas. Décadas después, gran parte del terreno sigue sin estar disponible porque la rehabilitación medioambiental y la superposición de competencias federales siguen retrasando la reurbanización. Años de retrasos se traducen en menos viviendas en el mercado y en precios más altos.
El impacto acumulado de estos retrasos va mucho más allá de los proyectos individuales. Los retrasos en la construcción de viviendas se traducen en precios más altos y alquileres más caros para las familias que ya tienen dificultades para pagarlos. Los retrasos en las líneas de transmisión y los oleoductos significan una electricidad más cara y menos fiable. Los retrasos en la construcción de fábricas hacen que la inversión —y los puestos de trabajo— se vayan a países con sistemas normativos más predecibles.
Para solucionar esto no hace falta dejar de lado la protección del medio ambiente.
Estados Unidos debería seguir manteniendo unos altos estándares medioambientales. El aire limpio, el agua limpia y la gestión responsable de los terrenos públicos siguen siendo prioridades públicas esenciales. Pero proteger el medio ambiente y exigir a los organismos gubernamentales que tomen decisiones a tiempo no son cosas que se excluyan entre sí. Los retrasos procedimentales interminables rara vez traen consigo un aire más limpio o ecosistemas más saludables. Lo más habitual es que desanimen la inversión, encarecen los costes y hagan que las comunidades tengan que esperar años para que se pongan en marcha los proyectos que necesitan.
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El Congreso tiene la oportunidad de modernizar el sistema de concesión de permisos sin dejar de lado las protecciones medioambientales fundamentales. Unos plazos razonables para que las agencias tomen decisiones, una mejor coordinación entre los organismos reguladores federales, menos posibilidades de que se produzcan litigios duplicados una vez que las agencias hayan terminado su trabajo y una mayor seguridad normativa facilitarían la construcción sin debilitar las garantías medioambientales. Ya hay varias propuestas sobre la mesa del Congreso, entre ellas la Ley SPEED, la Ley FREEDOM y la Ley PERMIT — ofrecen marcos prácticos para alcanzar esos objetivos.
La reforma de los trámites de concesión de licencias no debería verse desde una perspectiva partidista. Ya sea que el objetivo sea conseguir más viviendas asequibles, precios más bajos de la energía, una industria manufacturera nacional más fuerte o una mayor competitividad económica, la solución empieza por permitir que los proyectos pasen del plano a la construcción en un plazo razonable.
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En el Congreso tan polarizado de hoy en día, llegar a un acuerdo bipartidista sobre leyes importantes puede parecer casi imposible. Sin embargo, la reforma de los trámites de concesión de permisos ha resultado ser la excepción. La Ley SPEED, la Ley FREEDOM y la Ley PERMIT han conseguido el apoyo de ambos partidos. Este consenso tan poco habitual refleja una verdad fundamental: los retrasos en los trámites de concesión de permisos no son un problema partidista, sino uno práctico que frena el crecimiento económico y la competitividad, independientemente del partido que esté en el poder. Si el Congreso pudiera aprovechar este inusual acuerdo bipartidista para modernizar el sistema de concesión de permisos de Estados Unidos, demostraría que el estancamiento no es inevitable y ofrecería resultados reales a las familias estadounidenses que buscan una vivienda asequible, una economía más fuerte y una mayor competitividad global. Facilitar que se vuelva a construir en Estados Unidos no es solo una buena política reguladora: es una de las políticas de asequibilidad más eficaces que existen.
https://www.foxnews.com/opinion/americas-broken-permitting-system-quietly-raising-cost-living