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Cada mes de marzo, nos quejamos, nos lamentamos, publicamos memes sobre «perder una hora» y maldecimos colectivamente el horario de verano. Los legisladores amenazan con abolirlo. Los expertos en salud advierten sobre los trastornos del sueño. Las redes sociales lo tratan como una injusticia nacional. ¿Y yo? A mí me encanta, y lo espero con ganas porque me hace sentir mejor.

La gente se toma el cambio de hora de forma totalmente equivocada. ¿Y si no fuera un ataque a nuestras rutinas, sino un regalo?

No solo estudio el tiempo. He tenido que dominarlo. Pasé 20 años en la Marina de los EE. UU. operando en entornos de alto riesgo donde las condiciones cambiaban sin previo aviso, y dudar no era una opción. Hoy en día, veo el horario de verano como algo que la mayoría de los civiles no se dan cuenta: una prueba de estrés anual incorporada en nuestras vidas.

En la Marina, nunca esperábamos a que las condiciones fueran perfectas. Nos adaptábamos. Actuábamos. Nos poníamos en marcha. Perder una hora de sueño no es una crisis. Es una adversidad controlada. Yo lo llamo «incomodidad táctica», un ejercicio de flexibilidad psicológica sin mucho en juego. Si un cambio de una hora te desbarata toda la semana, el problema no es el reloj. Es la fragilidad. En Estados Unidos hablamos sin parar de la resiliencia. Aquí tienes una oportunidad para ponerla en práctica.

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Se ve la mano de un hombre golpeando el despertador desde la cama.

Este fin de semana, los estadounidenses adelantarán sus relojes una hora al comenzar el horario de verano. Deberíamos estar encantados. (iStock)

El cambio de hora es también la mejor forma de romper con la rutina. La mayoría de nosotros funcionamos en piloto automático. La misma hora de levantarse. El mismo trayecto al trabajo. Los mismos hábitos. Las mismas excusas. El cambio de hora nos saca bruscamente de nuestro ritmo. Nos obliga a modificar manualmente nuestro sueño, nuestra agenda y nuestras mañanas. En lugar de resentirnos por esa interrupción, podríamos aprovecharla.

Cada semana tiene 168 horas. El cambio de hora es ese momento del año en el que todo el país se ve impulsado a replantearse cómo se emplean esas horas. Es, literalmente, un lienzo en blanco. Haz balance de tus mañanas. Deja un mal hábito. Añade una sesión de ejercicio. Recupera una hora que dedicas a mirar sin parar las redes sociales. El crecimiento rara vez se produce en la comodidad, y la comodidad es precisamente lo que ofrece la rutina.

También hay una dimensión psicológica que solemos pasar por alto. El cambio de hora de primavera es un hito simbólico. Marca el final de la hibernación invernal y el comienzo de tardes más largas y de una energía renovada. Los seres humanos respondemos a las señales y a las estaciones. El cambio artificial de la hora se convierte en un punto de inflexión mental. Es una oportunidad para cambiar de marcha, replantearnos las prioridades y dar paso a una versión de nosotros mismos más productiva.

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No necesitamos la perfección para empezar de cero. Necesitamos un detonante. Este es uno.

En una sociedad tan dividida, el cambio de hora sigue pareciéndose sorprendentemente a un ritual nacional. Aunque algunos lugares se quedan fuera, la mayor parte del país, incluidos los estados republicanos, los demócratas, las zonas urbanas y rurales, adelanta el reloj al unísono y siente el mismo cambio en sus rutinas al mismo tiempo. El tiempo, al fin y al cabo, no es solo biológico. Es social. Es un acuerdo. Y dos veces al año, gran parte de Estados Unidos participa en ese acuerdo casi al unísono en torno a algo que no tiene nada que ver con la política.

Eso no es una tontería. Es tejido conectivo.

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Y luego está esa ventaja práctica que tenemos delante de las narices: la seguridad. Durante décadas, el cambio de hora nos ha servido como un recordatorio constante para comprobar las pilas de los detectores de humo y renovar los kits de emergencia. Sin esa pequeña molestia, muchos hogares se olvidarían de hacerlo. Lo que vemos como un inconveniente resulta ser, al mismo tiempo, un aviso que nos salva la vida.

La verdad es que el cambio de hora no es lo que nos cansa. Son nuestros hábitos. No nos quita una hora. Lo que hace es poner de manifiesto lo descuidados que somos con las otras 167.

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Cada semana tiene 168 horas. El cambio de hora es ese momento del año en el que todo el país se ve impulsado a replantearse cómo se emplean esas horas. 

En el ejército, no puedes echarle la culpa al sol. Te organizas tu horario sin que te afecte. En el mundo civil, por el contrario, a menudo vemos el tiempo como algo que nos pasa. Nos convertimos en víctimas del reloj en lugar de dueños de la semana.

El cambio de hora te invita a adoptar una mentalidad diferente: adaptaos más rápido. Reiniciad a propósito. Aprovechad los cambios. Podéis quejaros de perder una hora, o podéis usarla para coger impulso.

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Dos veces al año, el mundo nos presenta una una perturbación controlada. Una prueba de resistencia. Un botón de reinicio. Un evento de sincronización nacional. Un recordatorio de seguridad. Un punto de inflexión psicológico.

Quizá la verdadera pregunta no sea si deberíamos eliminar el cambio de hora. Quizá sea si somos lo suficientemente disciplinados como para aplicarlo.