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El verano pasado, cuando Estados Unidos e Israel atacaron las instalaciones nucleares de Irán, sostuve que la operación fue deliberada, no imprudente. Los ataques de junio de 2025 contra Natanz, Fordow e Isfahán tenían como objetivo impedir que Teherán alcanzara la capacidad de producir armas nucleares a corto plazo y restablecer la disuasión sin sumir a Estados Unidos en otra guerra de duración indefinida en Oriente Medio.

El objetivo estaba claro: entorpecer el programa, ganar tiempo y reforzar la posición de Washington.

Los informes de inteligencia posteriores apuntaban a que los daños eran importantes, aunque no definitivos. El programa nuclear de Irán sufrió un revés, pero no fue eliminado. Esa distinción era importante entonces, y lo es aún más ahora.

Hoy nos encontramos en otro momento crítico.

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El presidente Donald ha desplegado un importante contingente militar estadounidense en el Golfo Pérsico —grupos de combate de portaaviones, aviones de combate y medios de apoyo— en medio de las renovadas tensiones nucleares. Esto no es algo simbólico. Se trata de una postura disuasoria seria, diseñada para proteger a las fuerzas estadounidenses y enviar una señal de firmeza a Teherán.

Esa preparación es legítima. Refuerza la credibilidad. Reduce el riesgo de cometer errores de cálculo.

Pero, junto a esta postura, ahora estamos escuchando afirmaciones alarmistas de que Irán podría estar«a una semana» de producir uranio apto para armas.

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Los estadounidenses merecen saber con claridad qué significa esa declaración.

Los niveles de enriquecimiento y un arma nuclear lista para su uso no son lo mismo. Pasar el uranio de un enriquecimiento del 60 % a un material apto para armas del 90 % es, técnicamente, más rápido que enriquecerlo desde cero. Pero fabricar un arma nuclear operativa requiere pasos adicionales: el trabajo de armamento, la integración de la ojiva, las pruebas y un sistema de lanzamiento viable.

Decir que Irán está «a una semana» reduce el margen político entre la disuasión y la acción militar. Prepara a la opinión pública para la urgencia. Acorta los plazos. Y corre el riesgo de convertir las posibilidades técnicas en algo que se percibe como inevitable.

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha confirmado que Irán posee uranio enriquecido hasta aproximadamente un 60 %, lo cual es un hecho muy preocupante. Sin embargo, no ha habido ninguna confirmación pública de que Teherán haya fabricado un dispositivo nuclear o haya llegado a la fase de armamento verificada.

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Esa distinción no es meramente teórica. Es estratégica.

Ya hemos visto lo que pasa cuando las peores hipótesis de los servicios de inteligencia se convierten en certezas políticas. En 2003, Estados Unidos invadió Irak basándose en la creencia de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. Esas afirmaciones resultaron ser falsas. Las consecuencias se cobraron miles de vidas estadounidenses y marcaron la política exterior de EE. UU. durante toda una generación.

Nadie debería sacar esa comparación a la ligera. Pero tampoco deberíamos ignorarla.

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Si Irán ha restablecido las cascadas de enriquecimiento más allá de lo que se dañó en 2025, presenta las pruebas.

Si se ha impedido el acceso a los inspectores o se les ha expulsado, dilo.

Si se han reanudado las actividades de armamento, muestra las pruebas.

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Hasta ahora, lo que vemos públicamente es un riesgo de enriquecimiento, no una producción confirmada de bombas.

Eso no significa que Teherán sea inofensivo. Los niveles de enriquecimiento de Irán son peligrosos. La expansión de su arsenal de misiles balísticos y su red de grupos afines desestabilizan la región. El régimen sigue desafiando los intereses de Estados Unidos y los de nuestros aliados.

La disuasión tiene que ser creíble.

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El presidente Trump hace bien en desplegar fuerzas en el Golfo. Esta presencia militar protege a las tropas estadounidenses y deja claro que Estados Unidos no tolerará ninguna agresión. La ambigüedad estratégica puede tener su utilidad en la diplomacia.

Pero decir que Irán está «a una semana» reduce el margen de maniobra entre la disuasión y la acción militar.

Prepara al público para la urgencia. Acorta los plazos. Y corre el riesgo de convertir las posibilidades técnicas en algo que se percibe como inevitable.

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Si el Gobierno cree que Irán va a toda velocidad hacia la obtención de un arma nuclear, el pueblo estadounidense se merece una explicación clara y directa del propio presidente, respaldada por datos de inteligencia contrastados y compartida con el Congreso.

Sin rodeos.

Que no haya filtraciones anónimas que influyan en la opinión pública.

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No hay que sustituir los hechos documentados por alarmas sin fundamento.

Estados Unidos puede lanzar un ataque si es necesario. Ya lo ha hecho antes. Pero cualquier acción militar debe basarse en información de inteligencia verificable y en un objetivo estratégico claro, no en una escalada retórica.

Otra guerra en Oriente Medio no sería una intervención quirúrgica ni un conflicto aislado. Tendría repercusiones en el Líbano, Irak, Siria, el Golfo y los mercados energéticos mundiales. Fortalecería a los partidarios de la línea dura en Teherán y pondría a prueba las alianzas estadounidenses en un momento tan inestable.

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Eso no quiere decir que nunca se deba recurrir a la fuerza.

Eso significa que el umbral debe ser alto, y las pruebas deben ser claras.

El pueblo estadounidense apoyará medidas contundentes cuando la amenaza sea real e inequívoca. No apoyará otra guerra basada en plazos ambiguos y en las peores hipótesis posibles.

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No necesitamos otra guerra en Oriente Medio.

Y desde luego no necesitamos otro mito sobre las armas de destrucción masiva.

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Si fuera necesario recurrir a la fuerza, la justificación debe venir clara y directamente del comandante en jefe, respaldada por datos de inteligencia contrastados, no por el pánico.

Ese es el nivel que se merecen los estadounidenses.

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