Rubio: La historia de la civilización occidental es «la mejor historia que conoce el hombre»
Marco . Rubio, secretario de Estado, pronuncia un discurso impactante desde Atenas, Grecia, en el que habla de la historia de la civilización occidental.
El miércoles fui al Pnyx, una colina desde la que se ven las imponentes columnas de la Acrópolis de Atenas. Allí transmití un mensaje sencillo: Occidente se encuentra en una encrucijada. Las decisiones que tomemos en la próxima década marcarán el rumbo del próximo siglo y determinarán si nuestra civilización mantiene su liderazgo en el mundo o se resigna a un futuro de servidumbre y declive.
Durante miles de años, el Partenón se ha erigido como un testimonio del espíritu occidental, cautivando la imaginación de los artistas, filósofos y estadistas de nuestra civilización. A los Padres Fundadores de Estados Unidos les fascinaba la Antigüedad clásica: el autor más citado en los «Federalist Papers» fue Plutarco, el biógrafo griego de los grandes hombres de Grecia y Roma. El legado de la antigua Grecia está grabado en la propia arquitectura de nuestra capital, algo que se aprecia de inmediato en las famosas columnas y cúpulas de Washington, D.C.
Todos conocemos bien esta historia. Atenas nos trajo la democracia. Platón y Aristóteles nos trajeron la filosofía occidental. Las ciudades-estado griegas dieron forma a nuestras ideas sobre la ciudadanía, el derecho y el gobierno republicano.
Pero lo que le debemos a Grecia va más allá de cualquier sistema o teoría política en concreto.
La Antigua Grecia fue la cuna de todas las cualidades esenciales que acabarían definiendo a Occidente: una individualidad férrea y una ambición implacable; una curiosidad inquieta, creatividad e inventiva; un deseo insaciable de aventura, gloria y exploración, que se esforzaba por poner a prueba los límites de lo que el hombre puede saber y hacer.
Hoy nos encontramos en un punto de inflexión, no solo en Estados Unidos, sino en toda la civilización occidental.
Lo que Occidente heredó de la Grecia clásica no es solo la ambición de explorar lo desconocido, sino la convicción de que lo desconocido se puede conocer.
Los griegos creían que el mundo se podía observar, medir, cartografiar y comprender. Esa convicción se convirtió en la base de la ciencia, la medicina y la filosofía occidentales. Preparó el terreno fértil para que el cristianismo echara raíces y floreciera en la cristiandad europea, y ayudó a forjar una civilización con una visión propia de la verdad, la virtud, la belleza, el deber y el orden natural —con un código que dicta cómo deben vivir los hombres, y normas e ideales objetivos a los que aspirar—.
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Los antiguos griegos organizaban su vida cívica en torno a la búsqueda de esos ideales. Creían que los hombres debían esforzarse y competir por alcanzar la excelencia en el deporte, la guerra, el arte, la filosofía, el arte de gobernar y cualquier otro ámbito de la actividad humana. La ciudad griega clásica era un escenario en el que los grandes hombres se ponían a prueba y demostraban su valía a través de una competencia y una lucha constantes: para ser los mejores, los más fuertes, los más bellos, esforzándose por superar a todos los que les habían precedido.
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Estas son las cualidades que dieron forma a Occidente, impulsando a sus descendientes a crear y lograr cosas que otros no podían: eso es lo que nos distingue de las muchas culturas del mundo en las que la estabilidad y la subsistencia eran los fines más importantes de la vida.
Pero hoy en día, gran parte de Occidente ha llegado a avergonzarse precisamente de aquello que nos hacía excepcionales. Con el tiempo, empezamos a ver nuestros logros como algo vergonzoso; nuestro poder y nuestra prosperidad se convirtieron en una fuente de culpa. Así que abrimos nuestras fronteras, externalizamos nuestras industrias, que en su día fueron grandes, y dejamos que nuestras fuerzas armadas se debilitaran y decayeran. Y, año tras año, hemos ido cediendo cada vez más soberanía a burocracias globales que escapan a nuestro control.
Somos muchas naciones, pero una sola civilización: nacida en Atenas, forjada en Roma y bautizada en la cristiandad. Juntos, tenemos que construir una alianza capaz de hacer frente a las amenazas de nuestra época.
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Otras naciones no dudaron en aprovechar el vacío que dejó nuestra debilidad. Siguieron compitiendo por el territorio, los recursos y la influencia, y acumularon riqueza y poder en nuestro lugar.
Hoy nos encontramos en un punto de inflexión, no solo en Estados Unidos, sino en toda la civilización occidental.
Bajo el mandato del presidente « Donald » Trump, Estados Unidos ha decidido recuperar el control de nuestro destino nacional: reconstruir nuestra defensa, reindustrializar nuestra economía y luchar por dominar las tecnologías e industrias que definirán el futuro.
Esperamos de todo corazón que el resto de Occidente elija el mismo camino.
Hay señales alentadoras por toda Europa. El gasto en defensa está aumentando. La capacidad manufacturera e industrial vuelve a ocupar un lugar central en el debate político. Los países europeos están empezando a darse cuenta de que la soberanía, las fronteras y el poder militar no son reliquias de un pasado irrelevante, sino requisitos imprescindibles para un futuro digno.
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No creemos que la amistad transatlántica deba ser un juego de suma cero. Más bien al contrario: nuestra visión es la de una alianza cuya fuerza sea mayor que la suma de sus partes. Somos muchas naciones, pero una sola civilización: nacida en Atenas, forjada en Roma y bautizada en la cristiandad. Juntos, tenemos que construir una alianza capaz de hacer frente a las amenazas de nuestra época.
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Para ello, tenemos que redescubrir el espíritu de los hombres que construyeron el Partenón y reavivar el fuego que se encendió por primera vez en Atenas hace milenios.
La Grecia antigua no solo nos permite echar un vistazo a nuestras instituciones en su forma más primitiva; nos muestra una imagen de nosotros mismos.
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Nos muestra que heredamos el legado de grandes héroes y que deberíamos estar orgullosos —tremendamente orgullosos— de nuestros orígenes. La historia de nuestra civilización es la más grandiosa que ha conocido la humanidad. Pero tenemos que luchar para defenderla.
Juntas, las naciones de Occidente pueden decidir rechazar el declive, defender nuestro patrimonio común y vencer los peligros de nuestra época.
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