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La reunión del domingo entre Donald y el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy no dio lugar a anuncios espectaculares, declaraciones grandilocuentes ni a la firma de ningún acuerdo de paz. Ese resultado no debería sorprender a nadie. Tras casi cuatro años de guerra, la diplomacia nunca iba a depender de una sola rueda de prensa o sesión fotográfica.

El propio presidente Trump adoptó después un tono mesurado y dijo: «Creo que lo conseguiremos», aunque reconoció que el proceso «puede salir mal». Por su parte, Zelenskyy calificó las conversaciones de constructivas y serias, y destacó que Ucrania sigue comprometida con una paz justa que garantice la seguridad a largo plazo. Ambas declaraciones apuntan a la misma realidad: el proceso está en marcha, pero las decisiones difíciles aún están por llegar.

Aun así, la reunión fue importante.

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Según informan Reuters The Wall Street Journal, el objetivo de las conversaciones entre Trump y Zelenskyy no era cerrar un acuerdo de paz, sino limar asperezas en un marco en desarrollo —que a menudo se describe como un plan de 20 puntos— antes de que Trump se reúna directamente con el presidente ruso, Vladimir Putin. Ese marco hace hincapié en la soberanía ucraniana, los mecanismos de cumplimiento y las garantías de seguridad, mientras deja sin resolver las cuestiones más delicadas: el territorio y la central nuclear de Zaporizhzhia.

El presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy y el presidente estadounidense Donald

El presidente Donald saluda al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en su Mar-a-Lago el 28 de diciembre de 2025, en Palm Beach, Florida. (Joe Getty Images)

En otras palabras, la diplomacia ha entrado en una fase más seria. No porque la paz esté a la vuelta de la esquina, sino porque el agotamiento es generalizado. Ucrania sigue sufriendo pérdidas devastadoras. Rusia está agotando sus recursos humanos y económicos. Europa se ve sometida a una gran tensión por las presiones económicas y de seguridad. Estados Unidos se enfrenta a una creciente inestabilidad global, desde Europa del Este hasta Oriente Medio y la región indopacífica. El cansancio no garantiza la paz, pero crea un margen político para ella.

Por lo tanto, está justificado un optimismo prudente. Pero el optimismo sin realismo sería peligroso.

La pregunta clave que se cierne sobre la reunión del domingo no es si existe un marco —porque sí lo hay—, sino si se basa en una suposición errónea que sigue dominando gran parte del pensamiento occidental: que Vladimir Putin un actor racional al que se puede contentar con concesiones parciales. Los hechos indican lo contrario.

Funcionarios estadounidenses destacan los avances en las negociaciones para alcanzar una «paz duradera y estable» entre Ucrania y Rusia.

Desde que empezó la invasión, Putin respondido a los intentos de compromiso con una escalada, a la moderación con una expansión y a las negociaciones con más violencia. A pesar de que los esfuerzos de paz se han intensificado esta semana, Rusia ha seguido lanzando ataques con misiles y drones por toda Ucrania, algo que han confirmado los medios de comunicación. Esos ataques no son aleatorios. Son señales. O bien Putin continuar la guerra sin más, o bien está moldeando deliberadamente el panorama diplomático por la fuerza, creando un clima de urgencia, miedo y presión para que Ucrania ceda.

En cualquier caso, la conclusión es clara: Putin no Putin a menos que se le obligue a hacerlo... o que se le conceda todo lo que exige.

Esa realidad debería dar un respiro a cualquier debate sobre «tierra por paz». Las concesiones territoriales acaparan los titulares porque los mapas son tangibles y despiertan emociones. Pero el territorio no es la variable decisiva. La seguridad sí lo es.

Varios medios han informado de que Ucrania está buscando lo que los funcionarios describen como garantías de seguridad «similares a las del artículo 5»: compromisos vinculantes por parte de Estados Unidos y sus aliados para responder a una futura agresión rusa. Zelenskyy incluso se ha mostrado dispuesto a suspender la solicitud de adhesión de Ucrania a la OTAN si dichas garantías son creíbles. Eso por sí solo pone de manifiesto lo crucial que es esta cuestión para Kiev.

Ucrania ha aprendido por las malas que las garantías vagas no valen nada. El Memorándum de Budapest de 1994 no detuvo a Rusia. Los altos el fuego anteriores no detuvieron a Rusia. Los acuerdos sin medidas de cumplimiento no detuvieron a Rusia. Cualquier paz que cambie territorio ucraniano por promesas sin fuerza no es paz: es una pausa antes del próximo ataque.

Desde que empezó la invasión, Putin respondido a los intentos de compromiso con una escalada, a la moderación con una expansión y a las negociaciones con más violencia. 

Por lo tanto, las garantías de seguridad deben ser concretas, automáticas y exigibles. Condiciones claras. Respuestas definidas. Consecuencias reales. No comités que deliberan mientras caen los misiles. No sanciones que requieran meses de disputas políticas para volver a ponerse en marcha. Reuters informado de que el borrador del marco que se está debatiendo incluye mecanismos de supervisión y sanciones por incumplimiento, lo cual es una señal alentadora, siempre y cuando se apliquen con seriedad.

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Aquí es donde el papel del presidente Trump se vuelve decisivo.

Trump tiene una influencia que pocos líderes tienen, precisamente porque está dispuesto a combinar la presión con la negociación. Puede endurecer la aplicación de las sanciones y cerrar las vías de evasión que restan eficacia a las medidas existentes. Puede imponer sanciones de restablecimiento automático que se activan de inmediato en caso de incumplimiento. Puede mantener una ayuda militar suficiente para encarecer el coste de nuevas ofensivas rusas. Y puede ofrecer una salida condicional —ayuda económica o reanudación de las relaciones diplomáticas— solo tras verificar el cumplimiento.

El objetivo no es convencer a Putin la buena voluntad de Occidente. Es cambiar su cálculo de costes.

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Un complejo de apartamentos dañado, con escombros esparcidos por todas partes tras un ataque ruso en Kiev.

Se ve un edificio residencial muy dañado tras un ataque ruso contra Kiev, Ucrania, el 25 de noviembre de 2025. (Evgeniy Maloletka/AP)

Putin demostrado una y otra vez que está dispuesto a soportar cualquier golpe —ya sea económico, militar o diplomático— si cree que el tiempo y el miedo juegan a su favor. Lo que no ha demostrado es estar dispuesto a dar marcha atrás ante la fuerza. Cualquier acuerdo de paz que no tenga en cuenta ese patrón corre el riesgo de desmoronarse en cuanto la atención se desvíe hacia otro tema.

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Europa debería estar muy atenta. Esta guerra no se limita únicamente a Ucrania. Es una prueba para ver si las fronteras en Europa pueden volver a modificarse por la fuerza. Un acuerdo que parta de la base de que Putin «manejar» solo mediante concesiones no estabilizará el continente; más bien provocará la próxima crisis. La historia no se anda con miramientos con las ilusiones de moderación cuando se trata de regímenes expansionistas.

La conclusión más realista que se puede sacar de la reunión del domingo es esta: la diplomacia no ha fracasado, pero tampoco ha demostrado aún su eficacia. La coordinación entre Washington y Kiev es un primer paso necesario, pero no suficiente. Si el presidente Trump habla con Putin un marco común, unas líneas rojas claras y herramientas de aplicación creíbles, entonces este esfuerzo tiene posibilidades de éxito.

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Si no es así —si se busca la paz sin fuerza, sin capacidad de imposición y sin claridad—, entonces la reunión del domingo no se recordará como el principio del fin, sino como otro momento en el que Occidente confundió las palabras con el poder.

La paz sigue siendo posible. Pero solo si dejamos de lado la reconfortante ilusión de quePutin Vladimir Putin medias tintas, y logramos un acuerdo que haga que cualquier nueva agresión tenga un coste indiscutible.

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