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La operación militar conjunta de EE. UU. e Israel contra el régimen iraní es justa y imprescindible. 

Tras marcar unas líneas rojas muy claras respecto a las continuas ejecuciones masivas de civiles iraníes, la búsqueda de armas nucleares y el apoyo constante al terrorismo global, el presidente Donald ha tomado la acertada decisión de que ya no se puede permitir que el ayatolá siga actuando con impunidad. 

Con la ayuda de Dios, nuestras tropas podrán cumplir esta misión sin problemas y conseguir un resultado que garantice la seguridad de todos los estadounidenses.

Esta acción, por sí sola, supone un paso importante para eliminar la amenaza que supone este régimen malvado, y es la continuación lógica de la misión conjunta entre EE. UU. e Israel para debilitar el programa nuclear de Irán, la Operación Midnight Hammer. Sin embargo, los ataques militares por sí solos no bastan. Estados Unidos nunca estará a salvo mientras esta dictadura fundamentalista y antiamericana siga en el poder.

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El presidente Trump lo entiende y ha pedido al pueblo iraní que aproveche esta oportunidad única para recuperar su país: «La hora de vuestra libertad está al caer… Durante muchos años habéis pedido ayuda a Estados Unidos, pero nunca la habéis recibido… Ahora tenéis un presidente que os está dando lo que queréis».

Es difícil subestimar las implicaciones históricas de esa declaración, una medida tan necesaria desde el punto de vista estratégico como acertada desde el punto de vista moral. Reafirma la verdad fundamental de que no habrá ninguna posibilidad de paz ni de estabilidad en la región hasta que el ayatolá y todo su régimen corrupto hayan desaparecido para siempre, y se le dé al pueblo iraní la oportunidad de decidir su propio futuro.

Contamos con casi cinco décadas de experiencia que confirman que la República Islámica es una entidad gobernante totalmente irremediable. El terrorismo, la opresión y el odio despiadado hacia Estados Unidos, Israel Occidente forman parte de su ADN; y su visión fundamentalista y milenarista es incompatible con la coexistencia pacífica con el mundo civilizado. Estados Unidos —y el mundo— nunca estarán a salvo si este régimen sobrevive de cualquier forma.

Para los que se estremecen al oír hablar de «cambio de régimen», dejémoslo claro: la dictadura iraní no es un Estado autoritario cualquiera. El Gobierno de Estados Unidos ha tenido que llegar a acuerdos en muchas ocasiones con gobiernos que nos parecen detestables, pero cuya cooperación es necesaria para proteger nuestros intereses. Como argumentó Jeane Kirkpatrick en su famoso ensayo «Dictaduras y dobles raseros», proteger los intereses de Estados Unidos exige que los responsables sean capaces de distinguir entre las alianzas temporales con gobiernos poco recomendables y el apaciguamiento de los enemigos de Estados Unidos.

Desde el primer día, la postura de la República Islámica respecto a Estados Unidos ha sido clara: nos odian y les gustaría vernos aniquilados. Desde los estadounidenses secuestrados en los primeros días de la Revolución Islámica; pasando por los años de financiación y organización de atentados terroristas contra civiles y militares estadounidenses; hasta los cánticos semanales de «Muerte a Estados Unidos»; la financiación de las fuerzas aliadas que siembran el caos por todo Oriente Medio; y la colaboración con nuestros adversarios para socavarnos en todos los frentes, la República Islámica ha sido un enemigo constante y muy peligroso para Estados Unidos y para todos los que desean la paz en Oriente Medio.

No habrá solución a este problema hasta que este régimen acabe en el basurero de la historia. Eso no significa que EE. UU. deba conquistar Irán o instalar algún tipo de gobierno títere. Significa atacar cada uno de los pilares del poder del régimen para que no pueda seguir sobreviviendo, al tiempo que se crea el espacio necesario para que la oposición democrática organizada de Irán pase a primer plano y forme un nuevo gobierno.

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Esa transición solo puede venir del pueblo iraní y, por suerte, hay un amplio movimiento nacional dispuesto a hacerlo. De hecho, el pueblo iraní ha dejado muy clara su postura en repetidas oleadas de resistencia que se remontan a los inicios de la República Islámica. 

No quieren una teocracia. Quieren una república libre, democrática y que rinda cuentas ante la ciudadanía. Este es el único camino viable para neutralizar la amenaza de Irán e integrarlo en la comunidad internacional.

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Las ventajas de un cambio así serían realmente históricas. Los terroristas perderían a su principal patrocinador; los adversarios de Estados Unidos perderían un bastión clave; surgirían oportunidades económicas increíbles; y la población iraní, con un alto nivel de formación, podría convertirse en un socio natural para Estados Unidos.

Hemos dado el primer paso hacia un futuro en el que esta dictadura, única en su destructividad y verdaderamente malvada, ya no pueda mantener al mundo como rehén. Pero no podremos resolver este problema si no llevamos el asunto hasta el final. Apoyar a un Irán libre no es solo lo correcto; es una necesidad estratégica que hará del mundo un lugar mucho más seguro y próspero. 

Que Dios bendiga a nuestros militares, tanto hombres como mujeres, mientras llevan a cabo esta noble misión, y que el Señor dé al pueblo de Irán el valor para aprovechar esta oportunidad de alcanzar la libertad.

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