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Las declaraciones no son una medida disuasoria. Los compromisos no son capacidades.

El año pasado, en La Haya, los aliados de la OTAN asumieron un compromiso histórico: destinar anualmente el cinco por ciento del PIB a las capacidades básicas relacionadas con la defensa y la seguridad. Fue una declaración de que el Mundo Libre estará a la altura de los retos de este siglo, y un testimonio del liderazgo histórico del presidente Trump. Su determinación inquebrantable ha garantizado un aumento de la inversión de los aliados en defensa como no se veía desde la fundación de la OTAN.

Pero ahora que se acerca la Cumbre de la OTAN en Ankara, la Alianza se enfrenta a su prueba de fuego: convertir las promesas en realidad sobre el terreno.

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El balance del reparto de la carga

Desde 2017, los aliados europeos y Canadá han aumentado la inversión en defensa en más de 1,2 billones de dólares. Eso es mucho dinero, y refleja un cambio real en la voluntad política. Solo desde la Cumbre de La Haya, los aliados han comprometido casi 139 mil millones de dólares —aproximadamente la mitad de esa cantidad se ha destinado a equipamiento estadounidense que solo Estados Unidos puede producir a gran escala—. Actualmente, los aliados tienen más de 60 mil millones de dólares en pedidos con empresas de defensa estadounidenses, y esa cifra no deja de crecer. Fabricamos el mejor equipamiento del mundo, y nuestros amigos lo saben.

Sin embargo, el panorama sigue siendo desigual. Algunos aliados están asumiendo una mayor parte de la carga que otros, y Estados Unidos seguirá presionando a todos los miembros de esta Alianza para que cumplan sus compromisos. En una época de nuevas y complejas amenazas —enjambres de drones, ataques híbridos, misiles hipersónicos—, un eslabón débil en cualquier lugar debilita la seguridad colectiva en todas partes.

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El objetivo, sin embargo, no es simplemente gastar más. Se trata de que la defensa convencional de Europa recaiga en los europeos, mientras que Estados Unidos proporcione un apoyo fundamental, pero más específico —incluido nuestro paraguas nuclear—. Eso significa una Alianza más fuerte, más letal y menos dependiente de Estados Unidos. Significa redes de defensa aérea y antimisiles diseñadas para hacer frente a las amenazas de drones y misiles que han transformado el campo de batalla moderno en Ucrania. Significa un entrenamiento más duro y ejercicios más exigentes para nuestras fuerzas combinadas. Y significa una OTAN capaz de luchar y ganar con los europeos al mando.

El imperativo industrial de la defensa

Lo más importante que está pasando ahora mismo en la Alianza no ocurre en las mesas de negociación. Ocurre en las fábricas.

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Tenemos que fabricar más material militar, hacerlo más rápido y ser más innovadores que nuestros adversarios. Para eso hace falta ampliar la capacidad industrial a ambos lados del Atlántico: más colaboraciones entre las empresas de defensa estadounidenses y la industria europea para desarrollar, producir y mantener todo esto juntos. Requiere una contratación más flexible, incluyendo los contratos a largo plazo que el Congreso acaba de autorizar, para dar a las empresas estadounidenses la seguridad que necesitan para invertir en ampliar la producción; y nuevas vías para que nuestras pymes más innovadoras aporten la mejor tecnología de su clase a la Alianza.

Este es el círculo virtuoso que necesitamos. La demanda de los aliados impulsa la producción estadounidense. La producción estadounidense impulsa la capacidad de los aliados. La capacidad de los aliados impulsa la disuasión. Y la disuasión mantiene la paz.

La cumbre que se avecina

Ankara tiene que ser una cumbre de acción. La Haya nos dio el mandato; Ankara tiene que darnos el impulso: hitos concretos, objetivos de capacidad medibles y mecanismos que garanticen que los aliados cumplan. El presidente Reagan dijo que «la paz a través de la fuerza» no es un eslogan, sino una realidad. Tenemos que ver el mundo tal y como es, no como nos gustaría que fuera, igual que el presidente Trump. Un mundo peligroso exige un Estados Unidos fuerte y unos aliados fuertes. Estados Unidos ha sido la columna vertebral de la OTAN, y seguiremos siendo un aliado orgulloso y firme. Pero una Europa más fuerte, dotada de capacidades reales, es el requisito previo para una Alianza capaz de defender cada centímetro del territorio de la OTAN —como aliados en igualdad de condiciones, no como dependientes—.

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Nuestros adversarios deben analizar nuestras capacidades y llegar a la conclusión de que el coste de una agresión es demasiado alto.

Esa es la OTAN que estamos construyendo. El rumbo está claro. El compromiso es real. Ahora es el momento de actuar.