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Mi hija Katie tenía 20 años.

Era una estudiante universitaria. Tenía sueños, planes, amigos y todo un futuro por delante. El 19 de enero de 2025, mientras visitaba a unos amigos en Urbana, Illinois, iba sentada en el asiento trasero de un coche parado en un semáforo en rojo cuando un conductor ebrio se estrelló contra él a casi 80 millas por hora. Katie y otra joven perdieron la vida. Otras tres personas resultaron gravemente heridas.

Todos los padres que pierden a un hijo se preguntan por qué.

Durante el último año, he dedicado un montón de horas a analizar no solo las acciones del responsable del accidente, sino también las políticas e instituciones que contribuyeron a crear las circunstancias que lo hicieron posible. Lo que he descubierto no es simplemente un fallo de una sola persona. Es un fallo en la rendición de cuentas.

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Thomas Sowell hablando durante una entrevista

El economista Thomas Sowell advirtió sobre el poder de un gobierno demasiado grande. (Fox News)

Lo que es aún más preocupante es que esto refleja una tendencia más generalizada en la política estadounidense: la tendencia a anteponer los sistemas, las ideologías y los objetivos políticos a las personas.

Los grandes debates políticos del siglo XX nunca se centraron únicamente en la economía. Se trataba del poder: cuánto poder debía tener el Estado, cuánta autoridad debía concentrarse en manos de los líderes políticos y qué pasa cuando esos líderes se convencen de que saben lo que es mejor para todos los demás.

A menudo se describe a los economistas como personas frías, objetivas o distantes; gente que reduce la vida humana a números, gráficos y ecuaciones. Sin embargo, algunas de las advertencias más claras y profundamente humanas sobre los peligros de la concentración de poder vinieron de economistas que entendían que la libertad, la dignidad y el desarrollo humano son inseparables de la libertad individual.

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Friedrich Hayek, Milton Friedman y Thomas Sowell no se limitaban a defender los mercados. Defendían al individuo frente a la tendencia de las instituciones y los gobiernos a subordinar a las personas a visiones políticas, objetivos colectivos y una autoridad centralizada.

Hayek se pasó gran parte de su vida advirtiendo sobre este peligro. Su preocupación no era solo que algunos líderes abusaran del poder, sino que los sistemas basados en la concentración de autoridad acaban creando, inevitablemente, incentivos que atraen a los que están más dispuestos a ejercerlo. En «El camino hacia la servidumbre», Hayek analizó lo que él llamaba el problema de «por qué los peores llegan a la cima». Su argumento no era que todos los funcionarios públicos sean corruptos. Más bien, era que los sistemas que requieren un control exhaustivo suelen recompensar a los que están más dispuestos a imponer su voluntad a los demás.

La historia demostró que sus preocupaciones no eran solo teóricas.

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El siglo XX fue testigo de numerosos casos en los que los gobiernos afirmaban actuar en nombre de la colectividad mientras menoscababan la dignidad y la libertad del individuo. Una y otra vez, los líderes políticos prometían igualdad, seguridad o justicia social. Una y otra vez, los ciudadanos de a pie pagaban las consecuencias.

Milton Friedman también entendía ese mismo principio. Advirtió que «el poder concentrado no deja de ser peligroso por las buenas intenciones de quienes lo crean».

Esta reflexión es importante porque los movimientos políticos suelen juzgarse por sus intenciones más que por sus resultados. Las buenas intenciones pueden inspirar aspiraciones nobles, pero no pueden eliminar las consecuencias de las malas políticas.

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A menudo se describe a los economistas como personas frías, objetivas o distantes; gente que reduce la vida humana a números, gráficos y ecuaciones. Sin embargo, algunas de las advertencias más claras y profundamente humanas sobre los peligros de la concentración de poder vinieron de economistas que entendían que la libertad, la dignidad y el desarrollo humano son inseparables de la libertad individual.

Cuando los líderes se niegan a reconocer esas consecuencias, la responsabilidad desaparece.

Eso es lo que más me ha impactado desde que murió Katie.

Muchos de los políticos que defendieron políticas que redujeron la cooperación con las autoridades federales de inmigración, debilitaron las medidas de protección o antepusieron sus compromisos ideológicos a la seguridad pública han mostrado poco interés en analizar si esas políticas contribuyeron a tragedias que se podrían haber evitado.

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En cambio, el debate suele desviarse de las víctimas y centrarse en defender el propio sistema.

La cuestión es cómo conservar la historia, más que cómo evitar que la próxima familia sufra la misma pérdida.

Sowell pasó décadas advirtiendo sobre esta tendencia. Es famosa su observación de que no hay soluciones, solo concesiones. Lo que quería decir, en general, es que toda política tiene consecuencias, toda decisión conlleva costes y la sensatez exige tener en cuenta ambos con honestidad.

Sin embargo, la política actual tiende cada vez más a considerar ciertas medidas como intocables desde el punto de vista moral. Cuestionarlas se ve como una falta de sensibilidad. Hablar de lo que cuestan se considera una falta de lealtad.

El resultado es que las personas de carne y hueso se vuelven invisibles.

Katie pasa a formar parte de las estadísticas.

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Las familias se convierten en anécdotas.

Las víctimas se convierten en recordatorios incómodos de que las políticas públicas tienen consecuencias.

Eso no es compasión.

Una y otra vez, los líderes políticos prometían igualdad, seguridad o justicia social. Una y otra vez, los ciudadanos de a pie pagaban las consecuencias.

La compasión empieza por reconocer el valor intrínseco de cada vida humana. Implica reconocer cuándo fallan las políticas. Implica admitir los errores. Implica contar con líderes a los que les importe más la verdad que proteger su reputación o mantener sus narrativas políticas.

La lección del siglo XX no es simplemente que algunos líderes socialistas fueran corruptos o crueles. Es que los sistemas que exigen la concentración del poder económico y político atraen y dan poder, inevitablemente, a quienes están más dispuestos a recurrir a la fuerza, la coacción y la obligación. La tragedia no es solo un mal liderazgo; es que la propia estructura crea incentivos que elevan a los gobernantes mientras merman la libertad y la dignidad de los ciudadanos de a pie.

Igual de preocupante es que estos sistemas suelen cambiar la forma en que la sociedad ve al individuo. Cuando el bien colectivo se convierte en el bien supremo, las vidas de las personas se miden cada vez más en función de objetivos políticos más amplios. Ya no se valora a las personas principalmente por quiénes son, sino por cómo encajan sus circunstancias en una narrativa determinada.

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Por eso, a las sociedades que se organizan en torno a resultados colectivos les cuesta a menudo afrontar con honestidad el coste humano de sus políticas. Reconocer esos costes puede poner en peligro el propio proyecto político. Las víctimas se convierten en excepciones desafortunadas. Las pérdidas se convierten en sacrificios lamentables, pero necesarios. El sufrimiento humano se contextualiza en lugar de afrontarse.

Por eso la historia de Katie es importante.

Katie Abraham, víctima de un atropello con fuga

DHS BlitzOperación Midway Blitz en honor a Katie Abraham, que murió en un accidente de tráfico provocado por un extranjero ilegal con antecedentes penales que conducía ebrio y se dio a la fuga en Illinois, un estado santuario. (Departamento de Seguridad Nacional)

No porque su muerte demuestre que una ideología política tiene razón, sino porque la reacción ante ella pone de manifiesto una cuestión moral más profunda: ¿estamos dispuestos a pararnos a reflexionar sobre la vida de una sola joven cuando hacerlo nos obliga a enfrentarnos a verdades incómodas sobre las políticas que apoyamos?

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Katie no era una simple cifra.

Ella no era una concesión.

No fue una víctima colateral al servicio de ningún objetivo político.

Era una hija, una estudiante, una amiga y un ser humano cuya vida tenía un valor y una dignidad intrínsecos.

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Sin embargo, la política actual tiende cada vez más a considerar ciertas medidas como intocables desde el punto de vista moral. Cuestionarlas se ve como una falta de sensibilidad. Hablar de lo que cuestan se considera una falta de lealtad.

Una sociedad libre que se precie empieza por reconocer eso. No por el colectivo. No por el Estado. No por las narrativas políticas.

Con cada persona.

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El siglo XX nos enseñó lo que pasa cuando las sociedades anteponen los sistemas a las personas, el poder a los principios y los objetivos colectivos a la dignidad individual. La historia de Katie nos recuerda que el precio nunca lo pagan las abstracciones. Lo pagan personas de verdad, familias de verdad y futuros de verdad que nunca se podrán recuperar.

Porque cuando una sociedad deja de valorar una sola vida, al final acaba dejando de valorar todas las demás.

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