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Hubo un tiempo en que las niñas estadounidenses crecían con la sencilla creencia de que, si eran lo suficientemente valientes y amables, su historia terminaría con un «y vivieron felices para siempre». Hoy en día, para muchas jóvenes, esa expectativa se ha transformado en algo más parecido a un «y nunca vivieron felices». 

Una nueva encuesta de Pew, una empresa de investigación independiente, muestra un cambio notable en la forma en que las chicas de último curso ven el matrimonio. En 1993, más del 83 % de las chicas que se graduaban afirmaban que era muy probable que se casaran. Sin embargo, hoy en día ese porcentaje ha bajado hasta alrededor del 61 %. El interés entre los chicos apenas ha variado y se mantiene en torno al 74 %. 

No se trata simplemente de que los jóvenes estén dejando de lado el compromiso. Más bien, se trata de que las mujeres jóvenes, en particular, están perdiendo la confianza en el matrimonio como un objetivo deseable, y ese cambio debería preocupar a cualquiera a quien le importen la felicidad, la soledad o incluso la esperanza de vida. 

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Los estudios han demostrado sistemáticamente que las personas casadas son más felices, se sienten menos solas y viven más tiempo que sus homólogos solteros. Sin embargo, la tasa nacional de matrimonios ha caído en picado, con un descenso del 31 % desde el año 2000 y de alrededor del 65 % desde 1970. 

Durante años, gran parte del debate sobre el descenso de las bodas se ha centrado en los hombres y en cuestiones como el retraso académico de los chicos, sus dificultades para encontrar trabajos satisfactorios y su refugio en las pantallas, el scroll, la pornografía y el aislamiento. Sin embargo, estos nuevos datos sugieren que también está cambiando la forma en que las jóvenes imaginan su futuro, y esos cambios en su imaginación suelen determinar lo que una generación llega a considerar posible o digno de perseguir. 

Sin duda, hay muchas razones que explican este cambio. Uno de los factores que influye en que las chicas estén menos interesadas en el matrimonio son las historias y los relatos que han ido absorbiendo desde pequeñas. Hubo un tiempo en que Disney hacía que fuera algo habitual que los héroes y las heroínas terminaran sus historias encontrando el amor verdadero y una vida juntos. En los años 80 y 90, películas como «La Sirenita», «La Bella y la Bestia», «Aladdín» y «Mulan» ofrecían una escena final en la que la pareja protagonista se encaminaba hacia una vida en común.

Sin embargo, de repente, ese guion se interrumpió. Tras « Tarzán», en 1999, el clásico final feliz asociado al matrimonio casi desapareció. Aparte de «Enredados», en 2010, y quizá «Gnomeo y Julieta» al año siguiente, Disney ya no cerraba sus historias principales con una boda feliz. Ahora las heroínas no se enamoran tanto como se descubren a sí mismas. En lugar de comprometerse, la protagonista se embarca en una vida de plenitud independiente. En lugar de corazones y una carroza, la imagen final suele ser ahora la de una heroína solitaria de pie, segura de sí misma, en una montaña o en un trono. 

Si una niña pasa su infancia viendo historias y escuchando mensajes de las autoridades en los que el matrimonio se presenta como algo secundario, opcional o incluso como una limitación, ¿debería sorprendernos que no lo considere una pieza clave de sus esperanzas para la edad adulta? 

Los padres suelen reforzar este nuevo patrón sin darse cuenta. Animamos a nuestras hijas a que primero se pongan al día con sus estudios, se laben una carrera, sean capaces de pagar sus propias facturas y nunca tengan que depender de nadie. Es sensato querer que nuestros hijos sean independientes y tengan seguridad económica. Sin embargo, cuando el mensaje más fuerte es que necesitar a otra persona es una especie de fracaso, a algunas jóvenes les cuesta ver el matrimonio como algo más que un riesgo para esa independencia que tanto les ha costado conseguir. 

La verdad es que ninguno de nosotros es realmente independiente. Llegamos al mundo sin poder hacer nada por nosotros mismos, crecemos gracias a que una familia nos crió y nos cuidó, dependemos de los demás durante toda nuestra vida adulta, y la mayoría de los que llegan a una edad avanzada necesitarán depender de cuidadores. Las personas que mejor afrontan esta realidad no son aquellas que insisten en valerse por sí mismas, sino aquellas que construyen relaciones sólidas y estables basadas en el amor y el apoyo mutuos.  

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Si cada vez menos mujeres jóvenes dan prioridad al matrimonio, las consecuencias no se limitarán al sector nupcial. Con el tiempo, cabe esperar más soledad, más aislamiento, menos felicidad, una tasa de natalidad aún más baja, comunidades más débiles y una esperanza de vida más corta. 

Entonces, ¿qué hacemos al respecto?  

Bueno, nuestra respuesta no puede limitarse a darles sermones a los jóvenes o regañarlos por no valorar el compromiso. Tenemos que ofrecerles historias mejores y ejemplos más convincentes. Los padres, los líderes de la iglesia y los profesores deben animar más a los jóvenes desde su adolescencia a comprender que los mejores estudios científicos demuestran que dar prioridad a las relaciones con vistas al matrimonio es el camino más fiable hacia la felicidad y la realización personal. Esto significa hablar con sinceridad sobre cómo es un matrimonio sano, no como un cuento de hadas perfecto, sino como un hermoso proyecto por el que vale la pena sacrificarse.  

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También podemos ayudar a los jóvenes a darse cuenta de que la mayoría de los primeros matrimonios duran toda la vida y que elegir a alguien en quien valga la pena confiar no es una debilidad, sino una muestra de sabiduría. Deben saber que dar prioridad a una vida compartida y llena de sacrificio suele resultar más enriquecedora y significativa que una vida solitaria, celosamente guardada, en la que solo se persigue un consumismo superficial.  

Para toda una generación de chicas, el guion ha cambiado discretamente de «felices para siempre» a algo más parecido a «nunca felices». Si nos importa su futuro y el de nuestra sociedad, tenemos que empezar a reescribir ese final, no volviendo a la nostalgia, sino diciendo la verdad: que para la mayoría de nosotros, una vida entregada y recibida en un amor duradero sigue siendo la versión más profunda de «felices para siempre» que probablemente podamos encontrar.