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Hay una nueva regla de oro en el combate: el bando que controla el flujo de datos controla la guerra.

Imagina a un soldado en el campo de batalla. Detecta un objetivo enemigo, lo analiza. Piensa en un plan y en sus consecuencias. Y luego, reacciona. Esos pocos minutos cruciales del proceso cognitivo humano —el poder sobre la vida y la muerte— se están reduciendo drásticamente, día tras día, de horas a segundos. Cuando ese ciclo se acelera más rápido de lo que un adversario humano puede pensar, dejamos de tomar decisiones. Combate en piloto automático.

Vemos ese ciclo con Irán y lo que ha estado pasando en Ucrania durante los últimos cuatro años. Estamos asistiendo a una reestructuración fundamental del funcionamiento del poder militar, y la mayoría de las instituciones encargadas de gestionarlo siguen pensando como en el siglo pasado. Y todo esto se debe a cómo la IA está cambiando rápidamente la forma de hacer la guerra.

Durante décadas, los estrategas militares han entendido la guerra desde una perspectiva concisa: observar, orientarse, decidir, actuar. Este proceso era elegante y despiadado. La parte que recorre ese ciclo más rápido obliga a su adversario a adoptar una postura reactiva permanente. Durante la mayor parte del siglo XX, el cuello de botella de ese ciclo era la cognición humana. ¿A qué velocidad podían los analistas procesar la información? ¿Con qué rapidez podían los comandantes coordinar una respuesta? Esos límites definían el ritmo del conflicto.

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Un militar ucraniano revisa un dron en Kiev, Ucrania, el 14 de febrero de 2024.

Un militar ucraniano inspecciona un dron con visión en primera persona (FPV) que la fundación «Come Back Alive» ha proporcionado a una de las brigadas aerotransportadas ucranianas, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en Kiev, Ucrania, el 14 de febrero de 2024. (Viacheslav Ratynskyi/Reuters/FotoReuters)

La IA ha eliminado por completo ese cuello de botella. Lo que queda es una ventaja en cuanto a velocidad que ninguna institución humana, marco legal ni estructura de mando fue diseñada para gestionar.

Ucrania fue el primer ejemplo a gran escala. Se forjó su propia ventaja en materia de datos partiendo de cero. Una organización sin ánimo de lucro ucraniana ha recopilado más de 2 millones de horas de imágenes tomadas con drones en el campo de batalla desde 2022, almacenando entre cinco y seis terabytes de datos nuevos cada día procedentes de los combates en curso.

Esos datos se usaron para volver a entrenar los modelos de IA de selección de objetivos en condiciones reales. En marzo de 2026, los drones representaban el 96 % de las bajas rusas en el campo de batalla en un solo mes, y los drones ucranianos mataron o hirieron de gravedad a más de 240 000 soldados rusos solo en 2025.

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Esto es lo que en el ámbito de la defensa se conoce como «dominio de la toma de decisiones»: la capacidad de analizar y actuar ante flujos de datos de sensores enormes y desordenados de forma más rápida y fiable que un adversario. La parte que lo consigue lucha mejor, claro, pero, además, es la que marca por completo las reglas del combate.

Los flujos de datos son la verdadera competencia, la auténtica carrera armamentística de nuestra época. Las plataformas se ven, pero los conjuntos de datos de entrenamiento no. ¿Quién ha recopilado más datos sobre conflictos reales? ¿Quién los ha etiquetado correctamente? ¿ Quién ha vuelto a entrenar continuamente los modelos para adaptarlos a las condiciones cambiantes del campo de batalla? Estas preguntas son las que determinarán los resultados militares en la próxima década.

China lo tiene claro. Rusia lo está aprendiendo por las malas en Ucrania. Estados Unidos tiene ventajas institucionales en materia de infraestructura de IA, pero se enfrenta a un problema estructural: sus ciclos de adquisición de datos y desarrollo de modelos siguen funcionando en gran medida dentro de plazos de adquisición diseñados para hardware en lugar de software. Esa falta de sincronización se agravará en los próximos años.

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La velocidad, sin embargo, no es comparable a la sabiduría. Esta es una distinción clave. Cuando los ciclos de decisión se aceleran hasta alcanzar la velocidad de las máquinas, la estructura jurídica y moral de la guerra se enfrenta a una presión estructural para la que nunca fue diseñada. Un sistema optimizado para acelerar el tiempo, bajo presión operativa, acabará acelerando también el juicio humano.

Lo que también resulta más preocupante es que la comunidad internacional sabe lo que está viendo. Simplemente, todavía no sabe qué hacer al respecto. Esa ambivalencia es peligrosa. La falta de una gobernanza clara hace que la rendición de cuentas se desmorone ante la presión. Que se verifique o no un relato concreto no viene al caso. El riesgo estructural subyacente es real, y va a repetirse en todos los conflictos futuros en los que estos sistemas se utilicen a gran escala.

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Esto es lo que en el ámbito de la defensa se conoce como «dominio en la toma de decisiones»: la capacidad de analizar y actuar ante flujos de datos de sensores enormes y desordenados de forma más rápida y fiable que un adversario. La parte que lo consigue lucha mejor, claro, pero además es la que marca por completo las reglas del combate.

La próxima potencia militar que se enfrente en el campo de batalla será aquella que dé por hecho que su experiencia institucional y su destreza física son sustitutos suficientes de una infraestructura de datos. Esta ventaja pasa desapercibida hasta que, de repente y de forma decisiva, deja de serlo.

Los países y las instituciones que entiendan esto, no como un reto en materia de contratación pública, sino como un replanteamiento fundamental de cómo interactúan la información, la toma de decisiones y la rendición de cuentas, serán los que marquen el rumbo de lo que vendrá después.

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Los Estados deberían invertir en infraestructura de datos con la misma urgencia con la que invierten en el desarrollo de armas. Hay que crear marcos de gobernanza antes del próximo conflicto, no durante el mismo. También debemos reconocer con franqueza que, una vez que los ciclos de decisión alcancen la velocidad de las máquinas, la cadena entre la información, la acción y la rendición de cuentas se derrumbará bajo la presión, y que necesitamos una gobernanza valiente y proactiva para hacer frente a ello.

Los que no lo entiendan se encontrarán, siempre, un paso por detrás en el ciclo de toma de decisiones. A la velocidad de las máquinas, esa es una situación de la que no hay vuelta atrás.

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