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El régimen iraní está en una situación desesperada. Gracias a las medidas decisivas del presidente Trump y del Estado de Israel, la República Islámica ya no es la potencia regional que fue en su día, y ahora se enfrenta a crisis en todos los frentes. La infraestructura militar de Irán se ha visto gravemente deteriorada y su programa nuclear ilícito ha quedado muy mermado. Su red de aliados en todo Oriente Medio se está desintegrando: Hezbolá está muy debilitado; la dinastía de Assad se ha derrumbado; las milicias respaldadas por Irán en Irak se enfrentan a una creciente reacción política y pública; y Hamás es una sombra de lo que fue.

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La situación interna también es desoladora. A causa de la mala gestión económica crónica, la corrupción y el aislamiento internacional, la economía está en ruinas y el país se está quedando sin agua. Al carecer de legitimidad popular y ser incapaz de cumplir sus promesas al pueblo, el único instrumento de control que le queda al régimen es el gobierno del miedo.

A pesar de todas estas deficiencias, todavía hay mucha gente en Occidente que sigue creyendo erróneamente que no hay alternativa al gobierno actual.

El pueblo iraní ha dejado muy claro lo que quiere en repetidas oleadas de revueltas. No quiere una teocracia ni una monarquía: quiere una república libre, democrática y responsable ante la ciudadanía.

Esto es un error en todos los sentidos. Borrona las aspiraciones de millones de iraníes que han arriesgado sus vidas para exigir un cambio. Ignora la existencia de una oposición democrática y bien organizada que lleva más de cuatro décadas luchando contra los mulás y preparándose para el día en que caiga la teocracia. Y perpetúa la propaganda del régimen de que Occidente debe tolerar su brutalidad porque la alternativa es el caos.

El pueblo iraní ha dejado muy claro lo que quiere en repetidas oleadas de revueltas. No quiere una teocracia ni una monarquía: quiere una república libre, democrática y responsable ante la ciudadanía.

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El movimiento pro-democrático organizado de Irán cuenta con la capacidad, el apoyo popular y el plan sistemático necesarios para sustituir la moribunda y sanguinaria «mullah-cracia» por un gobierno que refleje la voluntad del pueblo iraní. Esta fuerza impulsora del cambio positivo tiene un proyecto creíble para un Irán democrático que incluye elecciones libres, el Estado de derecho, la separación entre religión y Estado, y el compromiso de no desarrollar armas nucleares.

Este movimiento no quiere tropas estadounidenses sobre el terreno ni ningún tipo de cambio de régimen impuesto desde fuera. Solo ha pedido que Estados Unidos y sus aliados apoyen la reivindicación de autodeterminación del pueblo iraní y le nieguen al régimen el acceso a los recursos de los que depende para sobrevivir.

La historia nos enseña que la caída de los regímenes autoritarios suele parecer imposible hasta que, de repente, ya está aquí. Cuando presté servicio en Alemania Occidental como oficial de caballería a finales de los años 80, la idea de que el Muro de Berlín cayera apenas unos meses después de que terminara mi destino me habría parecido ciencia ficción, y sin embargo eso fue exactamente lo que pasó.  

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Incluso después de casi 14 años de guerra civil, nadie preveía la caída de Assad en Siria, y sin embargo todo pareció desmoronarse de golpe. Hoy en día, la dictadura de Irán muestra los clásicos signos de agotamiento que presagian las últimas etapas de un régimen: agotamiento económico, fragmentación interna, erosión de la capacidad de disuasión y una población que ya no está dispuesta a vivir bajo un régimen clerical.

La tarea de los responsables políticos estadounidenses no es predecir el momento exacto en que el régimen se derrumbe, sino crear las condiciones necesarias para que, cuando eso ocurra, el resultado sea la estabilidad y no el caos. Para ello se necesita un enfoque basado en el realismo y dispuesto a dejar de lado las fórmulas diplomáticas fallidas del pasado.

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Esta última característica ha marcado las políticas del presidente Trump hacia Irán tanto en su primer como en su segundo mandato. Ahora tiene la oportunidad de coronar sus logros históricos en Oriente Medio con un logro verdaderamente transformador y contribuir a acelerar la caída del régimen iraní.

Las ventajas de un cambio así serían incalculables. Los terroristas perderían a su principal patrocinador; los adversarios de Estados Unidos perderían un bastión clave en Oriente Medio; surgirían increíbles oportunidades económicas en los sectores marítimo y energético; y una población iraní altamente cualificada y conectada a nivel mundial podría convertirse en un socio económico y político natural para Estados Unidos.

Ninguna fuerza externa puede ni debe influir en un cambio de régimen dentro de Irán; eso es cosa del pueblo iraní. Pero podemos ayudarles aumentando la presión desde fuera y apoyando a los iraníes que buscan un futuro pacífico, democrático y prooccidental en su deseo de cambio.

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Nuestra tarea es sencilla: apoyar al pueblo iraní, reconocer la visión democrática que ha elegido y privar a los clérigos gobernantes del dinero, la legitimidad y la impunidad de los que dependen para sobrevivir. 

Cuando llegue el día del cambio —y llegará—, Estados Unidos debería situarse en la mejor posición posible para aprovechar las ventajas y entrar en una nueva era de amistad con el pueblo iraní.

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