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El anuncio Donald presidente Donald de que Estados Unidos reanudará los ensayos con armas nucleares por primera vez en más de tres décadas ha causado conmoción tanto en Washington como en las capitales de todo el mundo. Trump sostiene que esta medida es necesaria para «mantener el ritmo» de Rusia y China, cuyos programas, según él, están en marcha, y para garantizar que la capacidad de disuasión de Estados Unidos siga siendo creíble. «No nos dejaremos superar», declaró Trump, y ordenó al Pentágono que comenzara «de inmediato» con los preparativos.

Esa declaración tuvo un gran eco en todo el mundo. Para algunos, es una señal de la renovada fortaleza estadounidense, una prueba de que Washington ya no se someterá a restricciones autoimpuestas mientras sus adversarios se modernizan sin obstáculos.

El razonamiento: disuasión y equilibrio

El razonamiento de Trump se basa en la disuasión. Si Rusia o China llevando a cabo pruebas secretas o de baja potencia que violan las normas internacionales, entonces, según él, Estados Unidos no puede parecer limitado.

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Esa lógica tiene su sentido en teoría. Sin embargo, en la práctica, no hay pruebas verificadas públicamente de que Moscú o Pekín hayan llevado a cabo explosiones nucleares a gran escala en los últimos años. Ambos siguen comprometidos, al menos políticamente, con la moratoria mundial sobre los ensayos.

Trump y la explosión nuclear

El presidente Trump dijo que ordenó al Departamento de Guerra que comenzara a realizar pruebas con armas nucleares de inmediato el 29 de octubre de 2025. (Getty)

Por su parte, Estados Unidos ha mantenido una fuerza disuasoria sólida y creíble gracias a su Programa de Gestión y Administración del Arsenal —que utiliza supercomputación avanzada, ciencia de los materiales y ensayos subcríticos para garantizar la fiabilidad de nuestro arsenal sin detonar ni un solo arma desde 1992—. Sin embargo, la denuncia por parte de Rusia en 2023 del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT) apunta a una posible erosión de esa moderación.

En resumen, nuestro arsenal nuclear funciona. Estamos modernizando nuestros sistemas de lanzamiento.

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Una breve historia: lecciones escritas con fuego

Para entender lo que está en juego, conviene recordar cómo hemos llegado hasta aquí. Estados Unidos llevó a cabo su primera prueba nuclear —la explosión «Trinity»— el 16 de julio de 1945, en Nuevo México. Durante el siguiente medio siglo, Estados Unidos llevó a cabo más de 1000 detonaciones nucleares, primero en la atmósfera, y más tarde bajo tierra y bajo el agua. Cada prueba amplió nuestra comprensión del formidable poder y el potencial devastador de la bomba, pero el coste medioambiental y humano, desde las islas del Pacífico hasta Nevada, fue abrumador.

A principios de la década de 1960, la indignación pública y la crisis de los misiles en Cuba convencieron a los líderes mundiales de que los ensayos sin control ponían en peligro a la propia humanidad. El Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares de 1963 prohibió las explosiones en la atmósfera, el espacio exterior y bajo el agua. La última prueba de EE. UU. tuvo lugar el 23 de septiembre de 1992, tras lo cual Washington se sumó a una moratoria mundial a la espera de la ratificación del CTBT —que aún no han firmado algunos países clave, incluido el nuestro. Sin embargo, la norma se mantuvo. Durante 33 años, ningún país, salvo Corea del Norte, ha cruzado esa línea y, tal vez, Sudáfrica, en 1979.

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Esa moratoria ha sido uno de los triunfos silenciosos de la diplomacia de la posguerra fría: una moderación que no se ha observado por ingenuidad, sino por la sabiduría que nace del horror. Permitió a las naciones modernizar sus sistemas de defensa sin romper el tabú de las explosiones nucleares, la última línea divisoria entre la disuasión y el apocalipsis.

Los riesgos: morales, estratégicos y existenciales

Reanudar ahora las pruebas corre el riesgo de desmoronar ese frágil consenso. En cuanto Estados Unidos rompa el silencio, otros le seguirán. Rusia podría justificar sus propias pruebas como una medida recíproca. Se prevé que China, que ya está ampliando su arsenal a 600 ojivas, alcance unas 1000 ojivas nucleares hacia 2030 y podría acelerar ese programa. India Pakistán podrían sentirse animados. Corea del Norte aprovecharía el momento para demostrar «paridad». En cuestión de años, el mundo podría ser testigo de una cascada de detonaciones subterráneas desde Asia Oriental Asia Oriente Medio. La barrera psicológica que separa la posesión del uso se erosionaría.

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Desde un punto de vista moral, no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Tanto teólogos como estrategas llevan mucho tiempo sosteniendo que las armas nucleares plantean dilemas éticos únicos.

Desde el punto de vista político, el análisis de costes y beneficios es igual de contundente. Reanudar los ensayos minaría la autoridad moral de EE. UU. en las negociaciones sobre control de armamento, socavaría el CTBT y alarmaría a los aliados que confían en la disuasión extendida de Estados Unidos. Además, supondría una victoria propagandística para los adversarios deseosos de presentar a Washington como imprudente. Los costes medioambientales, de seguridad y políticos de reabrir los centros de ensayo serían significativos, y el beneficio científico —según nuestros propios laboratorios— mínimo.

Como advierte la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), la reanudación de los ensayos socavaría décadas de esfuerzo por establecer normas globales en materia de moderación y abriría la puerta a una nueva proliferación.

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Un camino mejor: lidera, no imites

En lugar de desencadenar una nueva carrera nuclear, Estados Unidos debería aprovechar este momento para guiar al mundo hacia la moderación. El instinto de Trump de proyectar fuerza es comprensible; la disuasión sigue siendo vital en un mundo lleno de agresores. Pero la verdadera fuerza pasa por el liderazgo moral.

Si el presidente realmente quiere reafirmar el liderazgo estadounidense, podría hacerlo no con explosiones, sino convocando una cumbre mundial de los países con armas nucleares —Estados Unidos, Rusia, China, Francia, el Reino Unido, India, Pakistán, Israel Corea del Norte— para renovar o formalizar una moratoria universal sobre los ensayos nucleares. Una propuesta así podría aprovechar el mecanismo de la Conferencia del Artículo XIV de la OTPCE para mejorar la verificación y la transparencia.

Una cumbre así lograría tres cosas:

  1. Restablecer el diálogo entre potencias que rara vez se sientan a la misma mesa, aliviando así las tensiones nucleares.
  2. Reafirmar la disuasión sin recurrir a la destrucción, actualizando los mecanismos de verificación y las medidas de transparencia mediante el uso de tecnología moderna.
  3. Recuperar el liderazgo moral, demostrando que el poder de Estados Unidos se rige por la conciencia, no por el miedo.

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Al proponer una reunión de este tipo —quizás bajo los auspicios de las Naciones Unidas o como una iniciativa organizada por Estados Unidos en el Centro de Seguridad Nevada , el presidente Trump podría convertir una decisión provocadora en una oportunidad para demostrar su talla de estadista. Podría recordar al mundo que la fuerza estadounidense está al servicio de la paz, no de la aniquilación.

Conclusión: la prueba que tenemos ante nosotros

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Durante décadas, la humanidad ha vivido a la sombra de armas demasiado poderosas como para usarlas. Su silencio ha sido nuestra seguridad. Romper ese silencio supone el riesgo de provocar una nueva carrera armamentística y de llevar a la civilización al borde del abismo. La lección de la historia es clara: una vez que se cruza el umbral nuclear, aunque sea en pruebas, resulta más fácil volver a cruzarlo.

El presidente Trump ha demostrado que la audacia puede reactivar debates estancados. Pero la audacia sin sabiduría también puede desestabilizar el mundo que queremos defender. La verdadera prueba a la que nos enfrentamos no tiene que ver con el plutonio ni con las ojivas nucleares, sino con el liderazgo: si sabremos controlar nuestro poder o si, una vez más, dejaremos que nuestro poder nos controle a nosotros. El verdadero liderazgo exige el valor de combinar la preparación militar con la moderación moral, asegurándonos de que el poder sirva a la paz y no al orgullo.

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